Uno

¿Cuánto se tardaría? Quería ser capaz de volver a andar sin rumbo, como lo hacía seis años atrás, al llegar por primera vez a la ciudad. Esa libertad, ese sentir que pisaba nubes acolchonaditas, que tal vez eran la neblina de ese lugar donde faltaba la luz. Quería volver a ser capaz de caminar solo, como antes, como cuando escuchaba un poco de música cliché a través de sus audífonos, mientras apretaba la última lata de cerveza que tiraba al basurero, mientras se daba cuenta de que tenía que volver corriendo a casa porque le ganaban las ganas de orinar (culpa de las otras dos latas que se había bebido).

¿Dónde empezar a buscar? Siempre se había sentido de ningún lugar y de todos, más ligado a personas que a pedazos de tierra, capaz de amoldarse más o menos bien, pero ahora.

Entonces sentía que cuando la gente se va no queda ya dónde quedarse, sentía que lo habían sacado casi a patadas, o que él mismo se había sacado. Y la gente, esa gente en la que uno siempre piensa; cuando esa gente es una sola persona las búsquedas se hacen más difíciles.

¿Pero qué era lo que buscaba, o lo que no? ¿Sería la ciudad lo suficientemente grande como para no encontrársela nunca, como para no tener que cambiarse de acera cuando una sombra se transformaba en una silueta familiar? Esos recuerdos tristes sobre todo lo que había fallado, y esos recuerdos alegres sobre todo lo que había perdido. A veces volvía por las mismas calles, para “adueñarse” de un pedacito de ellas, porque no quería que se las quitaran. ¿Sería acaso la ciudad lo suficientemente chica como para no sentirse tan solo?

¿Se acordaría ella de las mismas cosas? ¿Leería los libros que le había recomendado antes de irse, dormiría del mismo lado de la cama? Tantas veces se habían vuelto a encontrar y se habían sentido tan distintos, y habían abrazado sombras, buscando pedazos de lo que quedaba en sus mentes. Pero hoy no estarían, hoy ambos intentaban despintar de a pocos los cuadros que habían pintado juntos, y rompían las promesas que se hicieron en un hotel, y que se repetían cada vez que caminaban por esas calles por las que ahora se turnaban.

¿Qué estaría haciendo ella a esta hora? Tal vez ensuciando la vajilla que lavaría el fin de semana siguiente, o cerrando todas las puertas de la casa para calmar un poco esa compulsión extraña que sentía cuando alguna se quedaba abierta, afinando así cada vez más esa adorable contradicción entre cosas completas e incompletas que ella ni sabía que tenía.

Y así, de pronto, había que dejar de buscar.

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Fetiches

 

Hoy te invito a mi cama,
a este paseo fúnebre de recuerdos imposibles,
a esta agonía de sonrisas indecisas,
a estos ojos cerrados y a este olvido.

Hoy te invito a la pista de baile,
a seguirte y a que me sigas por caminos sinuosos,
a que te quites los zapatos y me enamores,
a que bailes de puntitas y sonrías.

Hoy te invito a este sueño,
a que me engañes, viviendo dentro de él,
a pasar cientos de días descalzos entre sábanas rojas,
con la luz apagada y el deseo encendido,
con mi boca en tu espalda y tu boca en mi mente.

Te invito a esta risa quebrada,
a pisarme los pies suavemente,
a entrar y salir, a subir y bajar,
a llegar sin tocar la puerta.

Te invito a quedarte, aunque ya te hayas ido,
a que dejes tus pies guardados en la mesita de noche,
te invito a un sueño que nunca se acabe,
y a que ese mañana no llegue jamás.

Cuando despertó

Cuando despertó, no podía abrir los ojos. Todo estaba oscuro, no podía moverse, le pesaba un cuerpo que desconocía en absoluto y que no podía ver, no sabía si estaba echado o sentado. Sentía que estaba despierto pero no sabía por qué, solo podía recordar que antes de eso había estado soñando.

(1)

Se había soñado en el trabajo, en esa oficina de siempre, toda oscura y mohosa, con las ventanas cerradas para evitar que se cuele más smog de afuera, el fluorescente parpadeando y él sirviéndose el café mientras esperaba que llegaran las nueve de la mañana, hora exacta para sentarse en su sitio a revisar los informes de rendimiento de… como todos los lunes, y dejar al lado su taza, a medias, acomodarse los lentes para revisar mejor las cifras del área y beber otro sorbo, poner cara de circunstancia, que era cualquiera, otro sorbo.

Una llamada telefónica media hora después y una conversación de quince minutos, dos días para el día, quince minutos. Se servía otra taza de café y luego revisaba su correo, un proyecto de meses, la conversación con su jefe, la reunión a media mañana, la chica de logística y sus hermosas piernas largas el mediodía, el tiempo de almorzar y no poder acercarse a ella, las horas azules, el fin del refrigerio, los gráficos recibidos, las tablas desnudas, la próxima presentación, más llamadas telefónicas, la hora de salir, treinta minutos de sobretiempo no pagado, las seis de la tarde, la caminata hacia la estación, el microbús, quedarse dormido con el arrullo del tráfico y pasarse hasta el último paradero. Era el invierno.

(2)

Pero había otro sueño, otra realidad, que estuvo antes, más temprano, en la mañana, que era un poco más gris y fría: él, un niño de ocho años, sentado en una vereda, jugando a arrancar un poco de hierba mala del parque, y ahora los pies desnudos y el frío calándole. A veces se abrigaba un pie con el otro y luego cambiaba de posición entre ellos. Cinco monedas de veinte centavos en el bolsillo y la mano derecha extendida esperando recibir alguna más, mientras con la izquierda intentaba limpiarse  la nariz, tan llena de mocos, tan jodida por ese frío de mierda que no lo había dejado en paz toda la mañana, todas las mañanas, y la mano extendida frente a los carros, tan indiferentes, carros que eran como unos señores, como unos robots que solo miraban hacia delante, de esos dibujos que había visto hace tiempo en la televisión.

La piel era un poco azul, la vida era un poco azul, el cielo no tanto, la hora de almorzar nunca era la hora de almorzar, usualmente un pan y un poco de agua, algo de lentejas más tarde, si es que había conseguido suficientes monedas para que su tío se las sirviera. Extrañaba a su padre y a su mano pasándole por la cabeza, salir a jugar con la pelota de trapo, correr por los cerros. Extrañaba a su madre, los desayunos siempre a la misma hora, la leche fresca, el cielo. En cambio aquí la hora de dormir era distinta todos los días, todas las noches, pero siempre era la misma tristeza, que se parecía mucho a eso que todos llamaban costumbre.

(3)

En el tercer sueño era de día y había sol. A su lado estaba Alicia, recostada sobre él, callada. Él la abrazaba y la presionaba contra sí, sabía que todo acabaría pronto. Dos días atrás ambos habían estado de acuerdo en que empezarían a pasar juntos el poco tiempo que quedaba, y este viaje era parte de eso. Sentían el color verde del suelo debajo de ellos, el olor del sol, el sabor del viento, la vista estática por momentos, la música que habían llevado en su reproductor. Se quedaban dormidos y era lo mismo, se hacía de tarde y se iban a almorzar juntos, recordaban la vez que se habían conocido, todo era tan tonto y tan cursi que lo normal habría sido escapar de ahí, pero era Alicia y pronto dejaría de estar allí con él, y la quería tanto, y la abrazaba tanto, y la besaba tanto.

Esa noche se fueron a la cama tarde, habían estado conversando y fumando juntos por horas, mientras ponían por décima vez la misma canción de Bowie, y ella le decía que la cambiara pero él sabía que en realidad Alicia quería seguir escuchándola y la ponía otra vez, once. Eran las once y juntaban sus sabores a cigarro, contenidos en sus lenguas, que se abrazaban y bailaban con la misma canción. Alicia era dos piernas envolviendo dos piernas, era un jadeo y una canción de Ferdinand sonando porque ya no volvieron a repetir la de Bowie, eran unos dientes apretando un edredón y unos gemidos que iban subiendo de volumen. La noche se hacía de día. Mientras Alicia dormía, él miraba por la ventana, las estrellas iban desapareciendo y sonaba Bowie de nuevo.

(…)

Luego todo estaba oscuro. Entonces podía ver las tres vidas juntas, como si estuviera en ellas nuevamente, como si no fueran sueños. Eran tres puertas a las cuales entrar, para volver a despertar, o volver a dormir, tres puertas una al lado de otra con distintas canciones sonando. Avanza hacia la primera puerta, que está entreabierta, se ve dormido en el bus, bastante cansado, el bus se detiene, la canción ya no se escucha, cruza la puerta y se acerca a sí mismo, se ve dormido, la boca abierta, extiende la mano hacia él y la pone sobre su hombro, “ya despierta, Juan”, lo agita cada vez más fuerte, “ya despierta de una vez, estás en el último paradero, debes bajarte, despierta”. De pronto todo se pone borroso y oscuro, y empieza a aclararse, Juan siente que alguien le está tocando el hombro, “ya despierte, joven, está en el último paradero, ya debe bajarse”. Juan reconoce en el tipo que lo está despertando al cobrador del bus, se toma la cara y presiona con sus dedos el entrecejo, “gracias”.

Juan se baja del bus y mira alrededor, reconoce el lugar, está a algunas cuadras de su casa pero no quiere caminar, para el taxi amarillo que pasa y le indica que lo lleve a la cuadra cuatro de Bolognesi. Sube y piensa en el día que tuvo, un poco de la misma rutina de siempre, las piernas de la chica de logística, tenía que averiguar su nombre e invitarla a salir, pero aún no se atrevía a hacerlo. Busca en su casaca la caja de chicles que se compró antes de subir al bus, echa dos pastillas en su mano y las pone rápidamente en su boca, mientras abre la ventana del auto para tomar un poco de aire de la ciudad. Entonces, al mirar las calles y el cielo, se pregunta qué habría pasado si hubiera cruzado alguna de las otras puertas.

Asfixia

Hoy murió mi gato. Murió al mediodía, mientras le llevaba su almuerzo, uno de una nueva marca que me dijeron que probara, una más barata. Yo creo que se murió a propósito, para no probar esa nueva comida, sí, eso creo, se murió por ese capricho, se murió para ganarme esta batalla, que es una más de todas las que me ha ganado. Maldito gato, ojalá no se hubiera muerto y lo pudiera matar yo mismo… ese gato.

Esta mañana cuando me disponía a salir, el gato no estaba en su lugar de siempre, ronroneando perezoso, como todos los días, sino que me esperaba en la puerta, de pie, o mejor dicho, de patas, mirándome fijamente, desafiándome, como si me advirtiera que algo malo está por llegar; no, peor que eso, como si me amenazara, como si me quisiera decir que esta era la última batalla, la última pelea infantil entre tantas otras, y que la iba a ganar él, ese gato. No sé cómo, pero él sabía que yo iba a cambiar su comida por una más barata, y parecía no estar de acuerdo; en los tres años que había pasado con él nunca se la había cambiado, siempre la misma marca, pero esta situación me tenía en aprietos, el dinero empezaba a escasear, la comida era demasiado cara y no podía seguir pagando por ella, por eso decidí probar algo nuevo, cambiársela. El gato no estaba de acuerdo.

Me lo regaló Lucía después de seis meses desde que empezamos a salir, ella sabía que no me gustaban los gatos, pero insistió en hacerme ese regalo y aún no sé por qué acepté. No me pareció tan mala idea entonces, supuse que quizás no era tan malo como parecía, no era tan malo criar a ese animal, los gatos no eran tan malos, nada era tan malo en realidad. Pero esa fue su forma de invadirme, a través de él, o quizás fue todo al revés, quizás el gato llegó a mí a través de ella, y ella pensaba que. Instrucciones para hacerlo dormir, instrucciones para asearlo, para alimentarlo, alimentarlo, alimentar ese martirio, la marca, la única marca, el berrinche de ella, que era el berrinche del gato. Tres años y esa comida de mierda.

Cuando Lucía y yo dejamos de salir creí que se llevaría el gato consigo, pero por alguna razón quiso que me quedara con él, yo no me negué, se quedó conmigo, o era ella quedándose conmigo a través del él, era que Lucia era su dueña, o era al revés, poco importaba. El gato se quedaba conmigo, y yo aceptaba su estadía como quien acepta una pesada carga porque sabe que no hay otra salida, para evitar algo peor, algo que no conoce. El gato se quedó conmigo. Las instrucciones de Lucía ya las tenía memorizadas, y las odiaba tanto como a ella y al gato, y a la comida esa. El gato se quedó conmigo.

Con el tiempo se fue haciendo dueño de mi casa, tanto o más que yo, teníamos una especie de comunicación que no podría definir, a veces me miraba y se posaba en el sofá y yo sabía que no debía acercarme, a veces él pasaba días fuera de la casa y regresaba de pronto solo para acercarse a que le sirva algo de su comida, y yo no sabía qué es lo que comía afuera en ese tiempo, siendo como era ese gato, y si Lucía lo averiguara… pero el gato era ella, y lo supe el día que fui con Martha a mi casa, el día que estuve con ella en la sala y el gato no dejaba de mirarme, amenazante, y se acercaba y se sentaba en su regazo, y yo no podía sacarlo de allí, porque habría sido algo peor, algo que no se conoce.

Nunca le puse nombre, creo que fue por no apegarme a él, o es posible que sea porque él se llamara como ella, pero para mí solo era “el gato”, “El gato llegó de afuera”, “el gato a las seis de la tarde”, “el gato está durmiendo”, “el gato y su comida de mierda”, “la comida, esa maldita comida”, “ojalá se muriera de una vez ese gato”, “ojalá no se hubiera muerto y lo pudiera matar yo mismo”, “ese gato”. Hoy se murió, fue al mediodía, yo quería escapar, él estaba en el jardín, no respiraba, lucía, yo debía enterrarlo, Lucía solo. Tragedia, comedia, ninguna de las dos, no era el final aún.

Lucía llegó a visitarme a las seis de la tarde, yo ya había enterrado al gato y esperaba no tener que saber de él, esperaba estar equivocado, abrí la puerta. Me visitaba después de varios meses, no quería morir, abrazaba algo, entró a mi sala y se sentó en el sofá, me pidió un vaso de agua, se lo serví, empezó a beberlo, lo dejó a la mitad, me miró, se me acercó, nos besamos, nos recostamos sobre el sofá, empezamos a tocarnos uno al otro, nos desvestimos, nos empezamos a recorrer, Lucía, nos conocimos de nuevo.

Ella se fue llegada la noche, no habíamos dicho nada durante las dos horas que estuvo aquí, se fue y dejó detrás un sabor como el de cualquier día anterior, en esos días en los que los gatos no se mueren, sino que solo joden sentándose en tu sofá y siendo dueños de lo que era tuyo antes. Cuando volví el vaso de agua estaba vacío, no recordaba que Lucía se lo hubiera bebido todo, lo levanté y lo llevé a la cocina. Al regresar a la sala, esos ojos verdes estaban frente a mí nuevamente, mirándome amenazantes, vencedores, dueño del sofá y del vaso de agua, otra vez estaba allí, era distinto, pero sus ojos eran los mismos, era otro gato traído por ella, era el mismo gato, no había notado el momento en que había llegado, acurrucado, en los brazos de Lucía, ronroneando mientras veía todo lo que ella y yo hacíamos, testigo ignorado inicialmente y ahora dueño.

Mi gato murió al mediodía y volvió a vivir a las seis de la tarde, cuando el agua se terminó y la comida fue arrojada a la basura junto con otros desperdicios. Ahora sigue en la sala, descansando tranquilo, mientras yo escribo cuentos en mi cuarto, un poco alejado de todo, huyendo de ese color verde que a veces asfixia.

Volver

Tenía las manos sobre su cuello, apretando con cada vez mayor fuerza, en algún momento había pensado en tomar el cojín que tenía a su lado y presionarlo contra su cara para ahogarla más rápido, pero luego desistió, prefería la sensación de tener su garganta cerca, de sentir que su voz se iba haciendo cada vez menos perceptible, esa voz que se diluía mientras de sus ojos brotaban lágrimas, mientras su rostro pasaba de la sorpresa al miedo, del miedo a la desesperación, de la desesperación a la tristeza, de la tristeza a la resignación. No entendía por qué lo estaba haciendo, solo sabía que debía hacerlo, que debía estar allí en ese momento, terminando con la vida de esa mujer que en otro momento había amado, que aún amaba, sabía que debía terminar todo con sus propias manos, seguir apretando, seguir ahorcándola, sabía que podía llegar alguien en cualquier momento, pero no le importaba, debía acabar, porque era él quien la había matado, era él quien… Cuando sintió que el fin estaba cerca decidió que esa forma de hacerlo no era suficiente, mantuvo su mano izquierda en el cuello de Ana y tomó con la otra el cuchillo que estaba cerca de la mesa, luego levanto el brazo derecho y lo dejo caer con fuerza sobre su pecho, introduciendo la mitad del cuchillo en él, mientras de la boca de Ana empezaba a salir sangre que caía por sus mejillas; ella había dejado de luchar. Arturo tomó el cuchillo con ambas manos y lo separó del pecho donde estaba incrustado, luego volvió a levantarlo con la mano derecha y repitió la operación dos, tres, cuatro veces más, el cuerpo de Ana estaba completamente inmóvil, Arturo seguía introduciendo el cuchillo repetidas veces. Cuando sintió que había terminado llevó el cuchillo al lavatorio y abrió la llave del grifo, luego se volvió a acercar al cuerpo inerte de Ana y lo tomó entre sus brazos para sacarlo del mueble en el que estaba, tenía que deshacerse de él, de ella.

(…)

Habían recibido la noticia una semana antes, Ana iba a llegar en la tarde de ese día a visitarlos, hacía varios años que no volvía a la ciudad y los padres de Arturo parecían bastante emocionados de volver a ver a su sobrina después de tanto tiempo. Él y sus padres fueron a recogerla esa tarde a la estación del bus, ella llegó a las tres de la tarde menos cinco, sonriente. Sonriente llegó con una maleta pequeña y abrazó a sus dos tíos después de dar un salto sobre ellos. Arturo permanecía un poco detrás, sin formar parte de la escena, sin querer formar parte, Anita le sonreía un poco burlona, él tenía la sonrisa partida de un lado, eran dos sonrisas que no encajaban entre sí, y ya era hora de irse a la casa, los estaban esperando sus hermanos pequeños, de seguro querrían jugar con Anita, con la prima Anita.

Llegaron a la casa veinte minutos después, Ana y Arturo se sentaron en la mesa, ella empezó a contar lo que había vivido durante todos los años que había estado fuera de la ciudad, hablaba de lugares de los que Arturo jamás había oído, de otros países, de personas con ropas extrañas, de idiomas difíciles de aprender. La madre de Arturo le sirvió a este su plato de comida, le decía que era muy tarde para que recién almuerce, que la próxima debía llegar más temprano. Ana dijo que ella no tenía hambre, que había comido algo durante el viaje. El padre de Arturo leía el periódico, tu madre tiene razón, los niños jugaban en el piso, Manuelito, Jorgito, los carritos de juguete. Ana dijo que era bueno volver, que los había extrañado mucho, hasta a Arturo, y que era bueno conocer a sus nuevos primitos, que no eran tan nuevos, y qué grandes que estaban. La madre de Arturo se sentó en la mesa, le preguntó a su hijo cómo había estado su día, él sonrío, iba a contestarle pero Ana empezó a contar otra de sus historias, cada vez que él intentaba decir algo ella volvía a interrumpirlo, era insoportable, quería decirle que se callara de una vez, pero no lo hacía, solo miraba a sus padres; cuando ella terminó de hablar Arturo solo dijo que su día había estado bien. “Qué bueno, hijito”. Su madre lo miraba un poco extrañada, se levantó y se fue a su cuarto a descansar. Su padre pasaba a la siguiente página de su periódico. Anita tenía esa sonrisa burlona de nuevo, que no encajaba con la suya tan partida, parecía que sus padres no podían notarla, y los niños tampoco, que siempre eran tan perceptivos. Los pequeños miraban a Arturo y sonreían. Su padre dijo que saldría a caminar un momento por el pueblo.

¿Cuánto tiempo te vas a quedar? Solo unos días. ¿De verdad extrañabas tanto este lugar? Sí, ¿por qué lo preguntas? No, por nada, es que cuando te fuiste no parecía que de verdad. Sí extraño el lugar, pero a ti no tanto, eras muy tonto, lo eres todavía, ¿no? Te has vuelto insoportable, ¿por qué tenías que interrumpirme tantas veces? Eres tú el que se interrumpe solo y no se da cuenta. ¿Te crees muy lista, verdad? No, eres tú el que me cree así. Ahora intentas jugar no sé a qué, mejor me voy de aquí. Estás escapando de mí, y no te das cuenta de que el verdadero problema eres tú. Ojalá no hubieras venido nunca, ojalá no te hubieras ido nunca. ¿Ya no recuerdas lo que pasó, verdad? Recuerdo que te fuiste, han pasado años. Sí, años. Yo también me voy a caminar.

Arturo no se sentía bien con la llegada de Ana, había mucha tensión entre los dos, de niños habían sido muy buenos amigos y ahora… pero esto no era nuevo, no era de ahora, hubo un momento en que dejaron de ser niños, todo había cambiado cuando Ana estaba próxima a irse fuera, a salir de la ciudad, entonces había cambiado Ana y solo entonces, y Ana era insoportable, como ahora, y lo interrumpía siempre, y se burlaba de él, y lo trataba mal, como a nadie, como a algo sin importancia, solo entonces había cambiado, y se burlaba de todo lo que Arturo hacía, y a veces él lloraba, pero a ella parecía no importarle, y sus padres no hacían nada, como ahora, sus padres parecían seguir viendo a la antigua Ana, aquella a la que Arturo había querido tanto, aquella prima a la que amaba, pero que de pronto había cambiado, que solo entonces había cambiado. Anita, no podía ser la misma, Ana, tanto mundo, tantas ciudades, tantos idiomas que seguía sin conocer y que nunca, Anita, la niña, su primita, Ana, todo tan distinto, las tres de la tarde menos cinco minutos, verano, hace calor, vayan a la piscina, niños. No, yo iré más tarde, voy a jugar dentro un rato más y luego salgo, luego te acompaño Anita. Y solo entonces Ana había cambiado tanto. Anita.

Cuando Anita había llegado a vivir a casa de Arturo ambos tenían cinco años, sus padres habían muerto dos días antes y la madre de Arturo decidió que su sobrina viviría con ellos. Los primos se hicieron amigos muy rápido, jugaban juntos siempre y empezaron a asistir a la misma escuela, los padres de Arturo los criaban como si fueran hermanos, en verano solían bañarse juntos en la piscina de la casa, se peleaban con los mismos niños en la escuela. Anita y Arturo vivieron siete años en la misma casa, en la misma familia, y de pronto, un día, ella se fue, y solo por eso había cambiado tanto. Caminar era para Arturo un poco de todo eso, era un poco recordar los días y verlos en las tardes, era encontrar los pasos de una Anita en la acera de enfrente mientras corría a abrazar a su tía que llegaba del mercado, era tener cinco años y llegar junto a ella al nido, era tener doce años y bañarse juntos en la piscina los fines de semana, el sol de media tarde, en la noche los primeros libros que les compraba su padre, aventuras de un detective que en verdad era un doctor, una madre religiosa y el padre nuestro, padre de todos, vamos a rezar, papa lindo, lindo todo, lindos los libros que nos compraste, vamos a leer juntos mientras nos da sueño, que dice mi mamá que a esta hora no podemos ver televisión, y este día ha sido muy bonito, sobre todo por la piscina, vamos mañana también a la piscina, le voy a preguntar a mi papá si podemos ir de nuevo, y esta vereda está genial para que caminemos a casa, esta vereda está tan melancólica, parece recordar igual que yo esos días, mientras doy cada paso ella sufre tanto como yo, que extraño a una Anita de otros tiempos, una Anita tan linda, tan feliz, tan pura, tan amiga; y ese día se fue.

Arturo volvió a casa después de dos horas, Ana aún estaba sentada en el mismo mueble desde la hora en que él había salido, sus padres habían salido con los niños y ella no los había querido acompañar porque estaba cansada. Arturo se sentó a su lado y la miró por algunos segundos.

—¿Por qué me miras así?, parece que no quisieras que esté aquí —dijo Anita acomodándose el pelo—. Si lo que quieres es que me vaya puedes decírmelo, podría irme ahora mismo pero no creo que tus padres estén muy contentos con la idea.

—Y no hace ninguna diferencia si yo quiero que te vayas o que te quedes —dijo Arturo—, lo importante es que estás aquí, y que has venido a cambiar las cosas, como las cambiaste hace tantos años, antes de que te fueras.

—¿Yo las cambié, estás seguro de eso?

—Y siempre te burlabas de mí, te reías de mí —dijo Arturo mientras su rostro se tornaba rojo—, y me decías que me quedaría en este maldito pueblo para siempre y que en cambio tú te irías a ser feliz fuera.

—¿Y acaso no te quedaste? —preguntó Ana en tono sarcástico.

—Tú me obligaste al decirme esas cosas, tú me dijiste que te irías y que yo me quedaría aquí para siempre, tuve que quedarme, solo ese día cambiaste.

—Yo tenía que irme, tú sabes que siempre había sido así.

—Me dejaste solo, Anita, me dejaste solo en este maldito pueblo del que nunca pude salir, en este pueblo en el que tenía que quedarme para siempre, cuidando a mis padres.

—Siempre fuiste muy tonto para salir, por eso siempre supe que te quedarías aquí, este es el lugar al que perteneces,  aquí, solo.

—¡Cállate! —dijo Arturo exaltado—, tú tampoco deberías haber salido, los dos tendríamos que habernos quedado aquí, para siempre en este maldito pueblo, este pueblo era de los dos.

—¿De verdad pensaste que me quedaría aquí contigo para siempre? —dijo Anita mientras se reía—, ¿en serio pensaste que estaría junto a ti para siempre? Arturo, en serio, ya han pasado demasiados años como para que sigas pensando en esas cosas, en aquella época tenías doce años, pero ya pasaron seis, es momento de que te olvides de esas cosas.

—Sigues siendo la misma que cuando te fuiste, sigues siendo la misma que me abandonó ese día.

—Las tres menos cinco.

—La misma que se fue de este pueblo sin avisar.

Anita lo miró y volvió a reír, Arturo no podía entender por qué lo seguía torturando, así como no pudo entender por qué se había ido seis años atrás, Anita seguía riendo, la risa se volvía carcajada, las manos de Arturo temblaban, no podía soportar que Anita se haya ido de un momento a otro y ahora, Anita seguía riendo, el bikini de Anita, la risa de Anita, la carcajada de Anita, el adiós a Anita, ella no había esperado a que fueran las tres, cinco minutos más, Anita, y todo seguía igual, todo seguiría igual, la risa de ella, las lágrimas de él, deja de reírte de mí, Anita.

Arturo no pudo soportarlo más, se acercó a Ana dando un salto para cruzar el espacio que separaba ambos muebles y se posó sobre ella, presionándola fuerte, hasta hacerla estar totalmente horizontal, hasta intentar borrar el recuerdo. Ella intentaba liberarse, pero era imposible, él la tenía sujetada con mucha fuerza, su cuerpo era pesado y no la dejaba moverse. Tenía las manos sobre su cuello, apretando con cada vez mayor fuerza, en algún momento había pensado en tomar el cojín que tenía a su lado y presionarlo contra su cara para ahogarla más rápido, pero luego desistió, prefería la sensación de tener su garganta cerca, de sentir que su voz se iba haciendo cada vez menos perceptible, esa voz que se diluía mientras de sus ojos brotaban lágrimas, mientras su rostro pasaba de la sorpresa al miedo, del miedo a la desesperación, de la desesperación a la tristeza, de la tristeza a la resignación. No entendía por qué lo estaba haciendo, solo sabía que debía hacerlo, que debía estar allí en ese momento, terminando con la vida de esa mujer que en otro momento había amado, que aún amaba, sabía que debía terminar todo con sus propias manos, seguir apretando, seguir ahorcándola, sabía que podía llegar alguien en cualquier momento, pero no le importaba, debía acabar, porque era él quien la había matado, era él quien… Cuando sintió que el fin estaba cerca decidió que esa forma de hacerlo no era suficiente, mantuvo su mano izquierda en el cuello de Ana y tomó con la otra el cuchillo que estaba cerca de la mesa, luego levanto el brazo derecho y lo dejo caer con fuerza sobre su pecho, introduciendo la mitad del cuchillo en él, mientras de la boca de Ana empezaba a salir sangre que caía por sus mejillas; ella había dejado de luchar. Arturo tomó el cuchillo con ambas manos y lo separó del pecho donde estaba incrustado, luego volvió a levantarlo con la mano derecha y repitió la operación dos, tres, cuatro veces más, el cuerpo de Ana estaba completamente inmóvil, Arturo seguía introduciendo el cuchillo repetidas veces. Cuando sintió que había terminado llevó el cuchillo al lavatorio y abrió la llave del grifo, luego se volvió a acercar al cuerpo inerte de Ana y lo tomó entre sus brazos para sacarlo del mueble en el que estaba, tenía que deshacerse de él, de ella.

Arturo llevó el cuerpo de Ana a la parte de atrás de la casa, donde estaba el jardín, que era casi una pampa, la mayor cantidad de flores estaban muertas, casi una pampa libre para enterrar el cuerpo. Dejó a Ana en el piso y fue a buscar entre las cosas de su padre una lampa para empezar a cavar, cuando la encontró regresó rápidamente al jardín, con miedo de que ya hubiera llegado alguien y encontrara el cuerpo allí tirado, el cuerpo de pronto. Arturo cavó lo más rápido que pudo, desesperado, lleno de un miedo que no había sentido mientras la asesinaba, cavaba y cavaba imaginando que en cualquier momento la perilla de la puerta daría la vuelta y entonces entrarían. Cavó durante veinte minutos, que le habían parecido cuatro horas, las más desesperantes que recordaba, luego de ello, luego de ello, luego de ello, él cavaba una vida y otra, el cuerpo de Ana dentro, Ana dentro, la tierra que caía, Ana dentro, la lampa de su padre, los años, seis años, él sudaba y el frío, ella inerte, ella blanca, ella fría, las tres menos cinco, la vereda, la muerte, las lágrimas, había que ahorcarla y acabar con todo de una vez, había que usar el cuchillo, clavarlo contra su pecho, amarla y enterrarla, odiarla y cargarla hasta un jardín, sudar y tener miedo de una perilla dando vueltas, cavar veinte minutos, terminar todo luego, media hora más tarde, cubrir el cuerpo.

Después de enterrar a Ana, Arturo limpió la sala, uso paños para absorber la sangre que había salpicado sobre el piso, los sillones sintéticos no se habían ensuciado tanto, lavó el cuchillo con el que la había matado, ordenó todo para que no se notara que había habido una lucha, escondió el maletín de Ana en su cuarto y se sentó en la sala a esperar a su familia, nervioso, triste. Lo más difícil sería inventarse una excusa para explicar la desaparición de Ana, ¿de pronto se había ido?,  pero si acababa de llegar de visita, ¿y no dijo dónde se iría, con quién, por cuánto tiempo?, seguro que le hiciste algo y por eso… difícil, difícil.

Sus padres llegaron una hora después de que Arturo había terminado de limpiar todo, estaba exhausto; una hora, Arturo seguía sentado en el sillón esperando que la perilla gire y su padre entre a casa, seguido de su madre y los niños, una hora larguísima, para Arturo había sido un día, un día a las… era tarde, sus padres de seguro preguntarían por ella, seguro querrían saber dónde estaba, seguro preguntarían; pero no lo hicieron, su padre lo miró y le dijo que parecía que hubiera visto un fantasma, él sonreía, ella era un fantasma ahora, uno, dos, tres metros bajo el suelo, ya no recordaba bien, habían pasado días desde que la había enterrado, ya casi ni recordaba cómo la había matado, “¿estás bien, hijo?”, Arturo decía que sí, que solo andaba cansado por su caminata, porque en realidad lo que le preocupaba era Ana, que estaba muerta, porque él la había matado, pero eso no se los podía decir. Su madre entró con Jorgito en brazos, ya dormido, Manuelito quería seguir jugando y se sentó junto a Arturo, “estas triste”, la sonrisa forzada, Manuelito lo miraba y parecía querer preguntarle dónde estaba ella, pero no lo hacía, solo que estás triste, y seguir jugando, hacía ya una hora, que eran tantos días, mamá tampoco pregunta nada, pero de seguro pronto lo hará y aún no sé qué responderle, todo iba a terminar pronto, ¿y el esfuerzo de qué valía, de qué valía haberla matado, haberla cargado, haberla enterrado, haber limpiado todo?, habían pasado varios días, su madre cruzó la sala y le tocó la cabeza, le sacudió el pelo, “ve a descansar, se te nota cansado”, no preguntó nada, ¿por qué?, entonces se iba llevando a Jorgito en los brazos, Jorgito que estaba tan dormido pero que también parecía quererle preguntar dónde estaba ella, Jorgito y esos párpados que en cualquier momento se levantaban; su madre se iba, su padre se iba, todos estaban cansados, él también, debía ir a su cuarto a descansar.

Arturo permanecía sentado en su cama, era tarde y estaba cansado, no podía dormir, afuera habían pasado muchos días, el entierro, la muerte, las preguntas, las preguntas, su padre y su madre, las preguntas que no le habían hecho, ella había muerto y ellos no le preguntaban nada, ¿cómo era posible que no preguntaran por ella?, si habían estado juntos en la tarde, él estaba listo para responderles, para decirles que él la había matado, que no había podido soportar más, que su cuello en sus manos, que el cuchillo en su pecho, que la sangre que tuvo que limpiar, que cómo tuvo que enterrarla, que no sabía por qué lo había hecho, que sí sabía, que los veinte minutos habían sido cuatro horas, que esa hora había sido varios días, que él había amado a otra Ana; pero ellos nunca preguntaron. Arturo seguía sentado. Enterró a Ana en la tarde, habían pasado tantos años, pero recién había sido que… y ellos ya no la recordaban, ¿por qué no la recordaban?, ellos la amaban, siempre la habían amado, y cuando eran niños… ¿por qué no la recordaban, por qué no preguntaban por ella?, Manuelito había querido hacerlo pero. Arturo seguía sentado. Arturo seguía sentado, en el jardín, en esa pampa, no sabía en qué momento había llegado hasta allí, no sabía qué hora era ni cuántas preguntas se había hecho hasta entonces, no sabía por qué de pronto estaba llorando, por qué estaba gritando arrodillado en el lugar dónde la había enterrado, por qué con sus manos arañaba la tierra.

—¡Yo la maté, yo lo hice! —repetía Arturo mientras deslizaba sus manos hacia adelante y hacia atrás sobre el lugar en el que ella había sido enterrada.

—Hijo, ¿qué haces? —Su madre estaba asustada, los gritos la habían despertado y salió a ver qué pasaba, veía a su hijo arrodillado y el miedo empezaba a invadirla.

—Yo la maté, ustedes lo saben —decía Arturo, y seguía moviendo sus brazos.

—No, hijo, es tarde, estás cansado, regresa a tu cuarto —dijo su madre mientras se llevaba las manos al rostro, las lágrimas salían de sus ojos, miraba hacia su izquierda, veía llegar a su esposo y se recostaba sobre él, escondía la cara en su pecho—. Arturito está raro, está raro.

—Arturo, vete a dormir, estás asustando a tu madre —dijo el padre de Arturo.

—No me voy, no me voy, ustedes saben que la maté, dejen de fingir que no lo saben, si no habrían preguntado por ella, pero no lo hicieron, no preguntaron a dónde se había ido, porque saben que ya no está —dijo Arturo.

—¿A quién mataste, Arturo? —preguntó su padre.

—¡A Ana, no actúes como si no lo supieras! —gritó Arturo.

—Tú no mataste a Ana, Arturo, deja de decir eso —dijo su padre.

—Claro que sí, yo la maté, y enterré el cuerpo aquí.

—No, Arturo, tú no mataste a Ana, por favor, entiéndelo.

—Yo la maté, la maté hoy cuando ustedes se fueron, ella dijo que no los había acompañado porque estaba cansada —dijo Arturo mientras miraba a sus padres. Su madre estaba llorando recostada sobre el pecho de su padre, pero no parecía estar llorando por Ana, Arturo no podía entenderlo—. Yo la maté —repetía—, yo lo hice, y la enterré aquí, debajo de donde estoy —dijo Arturo mientras empezaba a excavar con sus manos para mostrarles el cuerpo de Ana.

—Tú no mataste a nadie, Arturo —le dijo su padre—. No mataste a nadie porque nadie vino hoy, no mataste a Ana porque hoy no llegó Ana a casa. Arturo, ¡Ana murió hace seis años, por favor, date cuenta de eso!

—No, Ana vino hoy, vino con todos nosotros, la fuimos a recoger a la estación…

—¿Entonces allá fuiste esta tarde, a la estación?

—Fuimos todos, fuimos a recogerla.

—No, hijo, fuiste tú solo.

—No puede ser, fuimos todos…

—Arturo, creíamos que esto no iba a volver a ocurrir —dijo su padre—, pero parece que nos equivocamos. —Su padre llevaba mucha tristeza en el rostro—. Ana murió hace seis años, en nuestra antigua casa, murió en la piscina porque fue a bañarse sola, porque no te quiso esperar cinco minutos más y cuando fue se resbaló y se golpeó, murió ahogada y siempre te culpaste por eso. Ustedes eran muy unidos, se querían mucho, cuando ella murió empezaste a actuar muy extraño, empezaste a inventar historias, a decir que te había abandonado, que…

—No es cierto. Hoy, ayer, hace unos días, Ana estuvo aquí, Anita.

—Arturo, hijito —dijo su madre—, por favor, hijito, deja de cavar ahí.

Arturo dejó de escucharlos, dejó de mirarlos y siguió cavando con las manos durante varios minutos más, no podía aceptar lo que acababa de oír, no podía dar crédito a lo que su padre le decía, su padre estaba loco y quería que él se olvidara del crimen que había cometido, su padre solo quería salvarlo del fin que significaba haber asesinado a alguien, salvarlo de la culpa, de la pena, de la condena que sería aquel crimen. Arturo siguió cavando esperando encontrar el cuerpo de Ana, pero no lo encontraba, cavaba más y más pensando que debía de estar más abajo, que quizás si seguía haciéndolo finalmente podría encontrarla y mostrarle a sus padres que estaban equivocados.

Su padre tomó el teléfono y marcó un número, se acercó el fono a la cara, espero unos segundos: “Hola, Hugo, disculpa que te llame a esta hora, lo que pasa es que… volvió a ocurrir, necesitamos tu ayuda, no sabemos qué hacer con Arturo.”

El bosque

Sucede con los sueños que a veces al despertar de ellos sientes que el lugar donde te encuentras no es real, que es algo inventado por tu mente para hacer que te pierdas, y que todas aquellas cosas que andabas viviendo antes de despertar eran el mundo al que realmente perteneces. Así se sentía Marco, había sido un sueño tan real que al despertar casi no podía distinguir si la realidad era esto que se le presentaba o aquello que había dejado atrás al abrir los ojos, todo tan parte de lo otro, todo tan en sí mismo. Primero se sentía extraño al estar en una cama, no parecía ser cierto, no parecía ser a donde pertenecía, no parecía el bosque en el que segundos antes había posado sus patas, el bosque por el que había corrido a velocidad persiguiendo a aquél conejo antes de atraparlo, antes de devorarlo y saciar su hambre, antes de cubrir con sus fauces el cuello del pequeño animal y presionarlo hasta romperlo, hasta sentir sus huesos triturados y esa sensación de la sangre humedeciéndole la mandíbula. Estaba sentado en su cama, mirándose en el espejo, reconociéndose por fin, ya con la mente más aclarada, sintiendo que nuevamente tomaba forma humana, ya podía recordar los cinco minutos anteriores como algo que le causaba gracia, ya estaba volviendo a la oscuridad, a la luz que era esa oscuridad que.

La luz entra por la ventana con una intensidad a la que no se siente acostumbrado, su madre le acaricia el pelo mientras le sirve más cereal y el plato parece estar vacío, la leche sí la puede ver, y siente deseos de salir rápidamente a correr, deseos de olvidar el plato de cereal que solo tiene leche y buscar algo que. Luego se llevará repetidas veces la cuchara a la boca, como parte de un ritual de eso que es la vida cotidiana, eso que supone pero que no recuerda, que no entiende ese día, todo a partir de una oscuridad que era luz, de una luz que era oscuridad en un bosque en el que estuvo la noche pasada y no alcanza a recordar del todo. Después de terminar el cereal las cosas son más difíciles: levantarse de la mesa, agradecer, su madre sonriendo y emitiendo una luz a través de sus ojos, una luz a la que no se siente acostumbrado, despedirse con un beso en la mejilla, todo tan extraño, tan normal. Marco coloca su mano derecha en la perilla y la gira, sin diferenciar si es hacia la derecha o hacia la izquierda. Se va, se fue.

Marco no podía recordar cómo había llegado hasta allí, solo sabía que estaba sentado en una banca en un parque, sabía que estaba en un lugar distinto al planeado, porque tenía que estar en la clase de las nueve, en la clase de don Alberto y sus sesenta y cinco años con olor a bourbon, esa clase que no recordaba haber llevado nunca. Estaba en el parque, sacó un cigarrillo y lo presionó con los labios para encenderlo, el cigarrillo cayó al suelo, el encendedor no se adhería a sus manos, se sentía torpe, sentía que no era él quién debía encender ese cigarrillo, sentía que. Era el momento en que el sol iba tomando un color naranja, ese momento en que los niños llegaban a jugar con sus padres, y en que las parejas se sentaban a disfrutar del tiempo, cubiertos por un romanticismo que Marco no podía entender, que estaba seguro de haber entendido días atrás, pero que ahora no podía recordar, un romanticismo que era como un cigarrillo que caía al suelo porque los labios no podían sostenerlo, un romanticismo a media tarde, una media tarde que había dejado de ser media mañana mientras un encendedor no se adhería a sus manos, mientras él miraba a los niños inclinando la cara en ángulo agudo, una tarde.

Mirar el reloj es casi un acto reflejo en las caminatas de Marco, usualmente lo hace dos o tres veces por cada cinco minutos cuando va hacia casa, una manía. Levanta el brazo y gira la muñeca, se queda mirando la correa, las agujas, hoy no importa qué hora es porque cuesta mucho trabajo establecer qué es lo importante durante una caminata, que es como muchas otras, es decir, que es la primera. Baja el brazo y lo introduce en su bolsillo, buscando un cigarro, y no sabe por qué. Está oscuro y el tiempo se hace frío, pero prefiere quitarse la chaqueta y seguir caminando, aun no llega a casa, no va a casa, no va a ningún lugar que conozca o que recuerde, está más oscuro, está descalzo. La hierba del parque se adhiere a él como en un bosque que pudo haber conocido en alguna noche atrás, un bosque con un conejo escapando entres los árboles. Es de noche y se recuerda sobre un árbol, y se siente tan parte de, que sabe perfectamente quién es, cómo se llama –porque no se llama–, qué hace allí –porque no lo hace–, aquello que puede ver al mirar hacia el agua de un pequeño charco que se encuentra mientras camina, ya no camina, el olor a madera fresca le recuerda su casa, una casa de, una casa que, una casa sin, una casa porque. De pronto estar en su cama, sin entender bien qué une un tiempo con el otro, de pronto todo es simplemente permanecer echado sobre un colchón excesivamente suave y limpio, haber sido testigo de su propia confusión entre los ojos abiertos y los cerrados, pasar de haber sido Marco, a haber sido nadie, y luego a ser Marco nuevamente, pero ya no solo Marco, sino también él mismo.

Marco mira la caja de cereal que le entrega su madre, el día se parece a ayer, y el cereal recorre el mismo camino, pero antes de entrar a su boca el tiempo se paraliza un poco, y puede ver cómo el cereal cae de la cuchara, la cuchara cae de la boca, la boca cae de la cara, la cara cae de la cabeza, la cabeza cae del cuerpo, el cuerpo cae del aire hacia el suelo, y se arrastra, mientras su madre sirve más cereal para su hermano y empieza a freír un par de huevos. Marco mira a su madre para intentar entender todo y ella le sonríe, se inclina hacia él y le acaricia la cabeza, se acerca a la puerta y la abre mientras le vuelve a sonreír, Marco avanza hacia ella, aún arrastrándose. La luz que entra por la puerta le molesta un poco la vista, pero sigue avanzando, atraviesa la puerta, se arrastra hacia la acera y deja un lado de su cara pegado al piso mientras ve como avanzan los carros en la autopista, mientras cierra los ojos y se imagina en el bosque, con un conejo que. Abre los ojos y sigue avanzando, ahora tiene más fuerza en los brazos, como si fueran piernas con las cuales puede avanzar, luego se apoya en sus rodillas y continúa, y llega al parque, como ayer, pero ahora apoyado sobre sus cuatro extremidades, con la ropa casi destruida de tanto arrastrarse, y sus manos y sus pies ya no lo son, está desnudo. El piso se suavizaba cada vez más bajo sus patas y va perdiendo su cemento, frío, los niños se van, el parque sigue creciendo, las bancas se empiezan a desvanecer, las aves vuelan más bajo, el día se hace más verde, y está empacado entre cuatro paredes infinitas e invisibles, él camina, corre, trota, en sus cuatro patas, por el bosque, y la noche se hace verde, el verde se hace negro, el negro se hace nada, la nada se hace tierra, la tierra se hace agua, el agua se hace cielo, el cielo se hace día, el día se hace noche.

En lo más profundo del bosque, cuando ha saciado su hambre y su sed, a veces se queda mirando el sol anaranjado, como si le recordara algo, si tan solo supiera lo que significa recordar, y entonces vuelve a correr sobre sus patas, como si quisiera llegar a algún lugar distinto, si tan solo supiera lo que significa querer llegar a algún lugar. A veces se pasa horas avanzando a pasos lentos, extrañando algo que no sabe qué es, hasta que finalmente se olvida de esa sensación y descansa al lado de algún árbol, con un olor a madera que le hace sentir una pertenencia a algo a lo que antes no pertenecía. A veces tiene una extraña sensación sobre el lomo, que se ve aliviada al frotarse contra algún árbol, a veces su pelaje, a veces su cola, sus colmillos. A veces llega gente al bosque, pero no se acercan demasiado, le tienen miedo, y él les tiene miedo a ellos, no sabe exactamente qué son, pero les teme. A veces llega una mujer con unos niños, con dos niños, a uno de ellos lo llama “Marco”, el niño es travieso, le gusta andar por el bosque y luego regresar al regazo de la mujer. Él les teme, pero se los queda mirando, como si fueran parte de lo mismo, y luego ellos se van, y él también se va.

El bosque se hace de noche y todo vuelve a ser igual, y de repente tiene hambre, y necesita saciarla. Ha visto un conejo blanco entre dos árboles, parece que estuviera esperándolo, se acerca a él casi sin hacer ruido, en medio de la oscuridad, y cinco metros antes de llegar a él el conejo empieza a correr, intenta escapar, da brincos y se intenta esconder entre los árboles que encuentra, pero los esfuerzos son inútiles, pronto es alcanzado por unos colmillos feroces que lo presionan hasta triturar sus huesos, hasta que la sangre empieza a abandonar su cuerpo y a humedecer esa mandíbula que lo tiene apretado, para que él pueda saciar su hambre. Todo está oscuro, abre los ojos, todo es extraño. Sucede con los sueños que a veces al despertar de ellos sientes que el lugar donde te encuentras no es real, que es algo inventado por tu mente para hacer que te pierdas, y que todas aquellas cosas que andabas viviendo antes de despertar eran el mundo al que realmente perteneces.